sábado, 26 de abril de 2014

Religión y jeraquía social

Entre las múltiples críticas que realizamos a la religión, desde una perspectiva libertaria (y entendemos este término como estrechamente vinculado al librepensamiento y a la emancipación social e individual), está la legitimación que supone de las jerarquías. Aunque esta visión requiere matizaciones, y solo alcanza su plena expresión con el monoteísmo, podemos considerar que la idea de que "todo el poder viene de Dios" alcanza un reflejo en un orden social rígidamente jerarquizado. Las cosmogonías religiosas determinan también las estructuras sociales. No es posible que existan personas autónomas en el pensamiento religioso, y sí "fieles", "súbditos", "ovejas" (parte de un rebaño) o toda suerte de miembros de un grupo subordinados a un jerarca o a una tradición.

A pesar de su cambio de estrategia ante los nuevos tiempos, máxime ahora con un nuevo pontífice aparentemente progresista, el objetivo de la Iglesia siempre ha estado en obtener el poder absoluto, presuntamente establecido por la máxima figura de la divinidad. Incluso, algo tan obvio en el transcurrir de los tiempos como es la visión laica, la separación entre Iglesia y Estado, es un evidente peligro para el poder religioso (y una falacia en la práctica, ya que se prima en tantos países la confesión católica). Aunque el poder político, concretado en alguna forma de Estado, posee el mismo peligro, en el caso de las estructuras ecleasiásticas es más evidente la imposibilidad de opinar sobre sus leyes, siendo necesaria una clase mediadora capaz de interpretar la "legítima" e "infalible" voluntad divina.

No hace falta saber demasiado de historia para comprender que la aceptación de regímenes democráticos por parte de la Iglesia, aunque siempre exista esa denuncia de la laicidad que pone en peligro su poder, se hizo después de ser inaceptable para la historia y la sociedad una monarquía absoluta legitimada por la divinidad. Incluso, en un afán constante por reeescribir la historia a gusto de algunos estamentos, se pretende hacer creer que ciertos valores (como es la fraternidad o la propia idea de la democracia como consenso) tienen un origen exclusivamente cristiano. La realidad es que la forma de gobierno le es indiferente a la Iglesia, si puede preservarse la religión y la moral tal y como ella dispone. Naturalmente, el anarquismo es algo muy diferente, ya que presupone hombre libres y autónomos dispuestos a comunicarse racionalmente con sus semejantes para autogestionar la sociedad civil. Presupone la imposibilidad de una autoridad legitimada apriorísticamente. Aunque la palabra democracia requiera de muchos matices, debido a su condición meramente formal y a su rendición al Estado y al capitalismo, podemos decir que su historia y la de la lucha por las libertades civiles es la de la lucha constante contra un poder religioso permanentemente opuesto a la libertad de conciencia.


La idea de un poder extrahumano, y consecuentemente la de la existencia de grandes verdades que trascienden la existencia del hombre, no es más que la negación permanente de unas leyes civiles capaz de cuestionar todo orden instituido. La mención constante a que el hombre no puede hacer lo que le venga en gana (una idea bastante infantil acerca de la condición humana), en boca de una clase mediadora es solo una apelación al peligro de un supuesto caos social para preservar su poder. Precisamente, la idea de autonomía presupone que el hombre es libre, es decir que puede hacer lo que desee en una sociedad de respeto y reconocimiento a sus semejantes (individuos igualmente libres y autónomos). Aunque esto requiera matizaciones debido a la gran tradición de lo que se conoce como pensamiento religioso (pero, teniendo en cuenta que la sujeción y sometimiento del ser humano se producen en mayor o en menor medida), éste se muestra como el más acérrimo defensor de las jerarquías y el más notable adversario de la autonomía humana. Derribar todo el edificio autoritario debe suponer dar entrada a la razón, al conocimiento y a la libertad. No es meramente una cuestión de conciencias individuales enfrentadas a otros, ya que la religión pretende aportar verdades irrefutables que trascienden la existencia humana e imposibilitan el cambio en aras de regirse autónomamente a nivel, tanto individual, como colectivo. Es solo el propio hombre, actuando a un nivel humano y sin injerencias sobrenaturales, negando a cualquier clase mediadora que pretenda arrogarse un conocimiento trascendente, el que puede otorgar auténtica dignidad a la existencia.

martes, 22 de abril de 2014

La evolución del librepensamiento

Parece ser que el término "librepensador" puede tomarse de dos maneras, una en sentido amplio y otra en concreto. Según el primero, puede llamarse librepensadores a todos aquellos que no se adhieren a un dogma dado. En ese sentido, pueden serlo tanto los libertinos como los libertarios, pero también, ojo, los deístas (aquellos que quieren creer en un dios creador, pero niegan su culto, revelación o intervencionismo).

En sentido estricto, atendiendo entonces a la historia, los librepensadores son una serie de autores ingleses del siglo XVIII caracterizados por el racionalismo (según la época de la Ilustración), la tolerancia religiosa, la defensa del mencionado deísmo y de la religión natural y, en algunos casos, por el materialismo y el ateísmo más o menos explícitos. El primero en merecer ese calificativo pudo ser John Toland, deísta y opositor a todo lo sobrenatural en el cristianismo y en la religión en general. La manera que tenía de entender la "religión natural" era como una racionalización de la creencia religiosa y una especie de síntesis de todas las existentes; parece ser que al final de su vida derivó hacia posiciones materialistas y panteístas, eliminando todo carácter positivo de la religión y propugnando un nuevo culto basado en la fraternidad humana y en la adoración de lo natural. Otro librepensador destacado de esa época fue Anthony Collins, enemigo del dogma, del fraude y de la superstición (que para él, también deísta, sería un camino para descubrir lo que habría de verdadero y razonable en las Escrituras), y partidario del libre examen para toda creencia y toda afirmación. Pero estos autores, a los que se puede considerar en la línea de otros anteriores al uso del término, por muy heterodoxos y "librepensadores" que les podamos considerar para su época, no dejaban de ser cristianos, creyentes que trataron de desprender a la religión de su apoyo político y otorgarle una justificación natural y ética.

El término librepensador, por lo tanto, aunque pueda ser interesante tomarlo en un sentido amplio antidogmático, tiene connotaciones deístas a las que habría que situar en su justa medida. No obstante, y para ser justo a nuestra manera de entender las cosas, esa "religión natural" propugnada por el deísmo, con unas leyes divinas que se manifiestan justamente en la naturaleza, pueden ser equiparables a algunos autores decimonónicos, considerados ateos y materialistas, pero con una confianza excesiva en las "leyes naturales". El ateísmo es un concepto que nos parece infinitamente más amplio, resultante también de un pensamiento histórico que ha asumido una rica tradición, y totalmente libre de sospechosos apoyos a según qué cosmogonías, las cuales acaban derivando en alguna suerte de fatalismo (aunque no se llame así, y quiera verse como algo "positivo") y en la imposibilidad de dar más campo a la razón. Una personalidad interesantísima fue Jean Meslier, al cual sí podemos encuadrar en una tradición atea (y, muy importante, antiautoritaria). El, a pesar de todo, párroco francés, cuya obra no vería la luz hasta después de su muerte en 1729, influyó notablemente sobre la corriente librepensadora antes mencionada, denunciando toda superstición y toda opresión creada a su alrededor; en ella denunciará visceralmente el pensamiento idealista, la moral cristiana de la mortificación y toda injusticia social, y apuesta por el materialismo y por una ateísmo sustentado en el hedonismo más que interesante para ser reivindicado hoy en día.

Desgraciadamente, toda la enorme tradición alternativa al dogmatismo religioso, y a su compañera la opresión sociopolítica, permanece más bien oculta. Por lo visto, no aparece ni rastro de la obra del bueno de Meslier en ninguna obra sobre el materialismo francés. Lo mismo ocurre con otro ateo integral y materialista como Paul Henri d'Holbach, de pensamiento radical, partidario de una sumisión de la política a la ética (algo que seguimos sin ver en el siglo XXI), denunciador del pacto represor entre Iglesia y Estado y feroz enemigo del temor y la superstición en base a un conocimiento de una naturaleza inteligible y racional (el cual debería fundar una moral superior para el hombre). Otra gran momento para el ateísmo, y nombre tampoco muy difundido por los academicismos y pensamientos oficiales, lo constituye Feuerbach, el cual se atreve a decir que la divinidad es una creación ficticia del hombre y habla de alienación en toda religión al proyectar las mejores cualidades humanas en esa ficción; la propuesta de Feuerbach será un asimilación de los contenidos espirituales válidos de las religiones y una conversión de la teología, esa "patología síquica", en antropología. Se va conformando ya un ateísmo poderoso digno de ser reivindicado. Los individualistas Stirner y Nietzsche darán un golpe nuevo, que parece desembocar en el nihilismo, pero que debería suponer en realidad una destrucción definitiva del cristianismo y una renovación del ateísmo. La gran tarea es eliminar a la divinidad, y a todas su formas (todo principio trascendente), pero en aras de crear una moral nueva, con más horizonte, prácticamente inédita e infinitamente más poderosa. La religión y sus instituciones, a pesar del solo aparente retroceso, persisten gracias a su gran baza que es la dominación sociopolítica y terrenal, así como debido a las especulaciones con los miedos y dudas existenciales de las personas. La gran tarea que se avecina es acabar con el monoteísmo y con todas sus soluciones derivadas, pero también con otras formas obstaculizadoras de la razón que mantienen, de una manera o de otra, postergado al hombre. El librepensamiento, tal y como se entiende históricamente, fue un notable punto de partida, pero ahora es el turno del ateísmo.

sábado, 19 de abril de 2014

El origen del sentimiento religioso y la distorsión de la racionalidad


Introducimos en esta entrada a la teoría de Gonzalo Puente Ojea sobre el origen de la religión. Sería la mente la que da lugar a todos capacidades del ser humano, entre las que hay que incluir el sentimiento religioso. El origen del mismo estaría en un proceso de animismo primitivo, en el que el hombre proyecta una dualidad antropológica hacia los grandes fenómenos cósmicos. La comprensión de este proceso esclarece el hecho de la perdurabilidad de las religiones en la civilización, con la profunda distorsión cognitiva y racional que ello supone.

Puente Ojea diferencia entre el concepto de lo transnatural y el de lo sobrenatural. El primero alude a la mente del ser humano primitivo cuando se aleja de los datos reales, de su circunstancia, y quiere proyectar hacia puntos del espacio la posibilidad de que haya elementos existentes que no son más que un producto ilusorio del mecanismo de su mente; así, lo transnatural se refiere a un estadio de la historia en el que la ciencia no existía y el homo sapiens se encontraba en un estado juvenil de su existencia. Es un momento en el que nace una dualidad antropológica, el principio de la vida y el principio del pensamiento, que con el devenir de la historia, cuando el hombre tenga ya más herramientas conceptuales, se confirmará en una concepción del cosmos fragmentada en materia o cuerpo y espíritu o alma. La existencia de almas y espíritus no es más que un producto de la mente, de una mala lectura que la misma hace de datos reales; Puente Ojea considera que el origen de la religión se encuentra en lo que denomina proceso de animación. Esa dualidad antropológica proyectada hacia el cosmos es lo que provoca que se produzca también otra que distingue entre la naturaleza, de tipo material, y una supuesta sobrenaturaleza o supernaturaleza (es decir, un mundo de espíritus y almas que tienen gran poder e influye en los destinos del hombre). Es esto lo que explica históricamente la visión religiosa de la vida.

Puente Ojea quiere explicar en ese proceso de animación en los albores de la humanidad, así en la falta de datos fiables en el ser humano, el origen de la creencia en un ser superior. Así, el hombre primitivo sufriría un proceso introspectivo en el que observaría esa dualidad entre materia y espíritu, para luego proyectarla hacia los astros y generar una serie de mitos en base a los fenómenos naturales; esos mitos, que hablarían de seres trascendentes a la existencia humana, provocaría bien rechazo en el ser humano o bien un sentimiento de humillación. Eso es lo que explica las dos vertientes de la visión teológica, negativa y positiva. No obstante, el elemento positivo será el que cobre cada vez más vigor y da lugar a la fe religiosa, que no es más que un sentimiento de sometimiento para alejar la mala voluntad de esos seres espirituales. Este es el del origen de la religión, esa proyección del interior del ser humano hacia los grandes fenómenos cósmicos, por lo que se considera que nace en el cerebro del hombre y supone una distorsión cognitiva y racional. Según Puente Ojea, el centro material del ser humano (el tálamo cortical, centro del sistema nervioso) es el que dirige todas las operaciones de la mente: la acción, la emoción, el pensamiento; como se ve, no hay que buscar entes sobrenaturales que intervengan en los procesos mentales humanos. Así, el primer error para no comprender el fenómeno religioso es pretender que el ser humano alcanza una cierta capacidad de reflexión y sabiduría en determinado momento de la historia en el que está muy evolucionado. En realidad, el sentimiento religioso procedería de las funciones cerebrales del ser humano y está muy condicionado por la materia; la mente, si bien es solo una parte del cuerpo humano, es sutil y compleja, todo parte de ella. Hay que tener en cuenta también que la mente tiene dos rasgos principales: por un lado es dinámica y creadora, pero por otra también cumple una función archivadora o conservadora.

Lo que Puente Ojea considera es que cuando nacen las grandes religiones, ya se había producido ese proceso de dualidad antropológica, que en ese momento ya está proyectado hacia el cosmos y quiere adoptar entonces cierta especulación de apariencia lógica. Sería esto lo que explica la perdurabilidad de las religiones, seguimos viendo en sociedades condicionadas por ese dualismo que cree en un mundo de almas y espíritus; es algo que ya la ciencia ha eliminado de raíz, explicando las cosas por otra vía totalmente contraria a esa ilusión de tipo antropológico. De esa manera, vivimos en una civilización en el que la religión, algo que podemos extender a todo tipo de creencias sobrenaturales, tiene todas las de ganar, ofrecen todo por nada, como puede ser la inmortalidad; son creencias muy rentables y baratas. Esta lógica religiosa llega incluso a impregnar de tal modo el razonamiento humano, que algunos creyentes invierten la cuestión acusando de dogmatismo a aquellos que simplemente no entran en la falacia de tener que demostrar la afirmación negativa. No puede demostrarse que existe Dios, y lo mismo a la inversa; póngase en en lugar del ser supremo cualquier entidad sobrenatural que se quiera. Desde ese punto de vista, no habría en nuestra opinión que entrar en el juego de agnosticismo y afirmar sin tapujos un naturalismo claramente ateo. Es más, respecto a la idea tradicional de Dios puede decirse que la posición agnóstica es más bien irracional, ya que los rasgos que se le atribuyen son claramente contradictorios.

martes, 15 de abril de 2014

Combatiendo el dogma

La palabra "escéptico", empleada peyorativamente por algunas personas de afán dogmático, es a nuestro parecer hermosa. Su origen está en la Antigua Grecia y viene a significar algo así como "el que mira o examina cuidadosamente"; se puede decir que el fundamento de la actitud escéptica es la cautela, la circunspección. El escepticismo se convirtió en doctrina filosófica, de enorme valía en nuestra opinión para combatir todo dogmatismo, con un aspecto teórico, que afirma que no hay ningún saber firme ni una opinión absolutamente segura, y una vertiente práctica, que se niega a adherirse a ninguna opinión en base a lo que se llamó la "suspensión del juicio".

Como declara el periodista científico Mario Bohoslavsky en una especie de manifiesto escéptico, es inadmisible que la razón admita como cierto algo porque esté repetido hasta la saciedad -eso nos lleva a una famosa sentencia de un ministro nazi- o por su aceptación por mucha gente o porque lo afirme gente aparentemente ilustre. El camino de la lucidez siempre es más duro, menos transitado, obliga a detenerse ante cualquier afirmación, a ir con más lentitud y a examinar constantemente.
Se puede decir que lo contrario del escepticismo es la credulidad, la aceptación de la verdad sin ningún análisis, bien por falta de preparación intelectual, desidia, comodidad, respeto a la autoridad -sea cual fuere, muchas veces revestida de preparación técnica o científica-, respeto a lo establecido, entre otras razones. Desgraciadamente, algunas viejas supercherías se mantienen con otra forma, adaptadas a los nuevos tiempos -un tiempo en el que los valores de la Ilustración quizá no hayan triunfado o hayan fracasado en muchos aspectos-, y siempre encontramos embaucadores dispuestos a jugar con la buena fe de las personas, disfrazados muchas veces de científicos, utilizando un lenguaje técnico en su afán de adhesionarse el mayor número de personas.

Bohoslavsky habla de escépticos pasivos, que sonríen con desdén ante la estupidez de personas crédulas, y de escépticos combativos, que actúan contra el oscurantismo, desafían a los profesionales de la mentira con sus propios puntos de vista escépticos y no piensan que la gente sea tonta, sino que está desinformada. Nosotros apostamos por un escepticismo activo y, desgraciadamente, nos encontramos constantemente con personas que han abrazado "su" verdad y son incapaces de escuchar un posicionamiento crítico, de aceptar la condición seudocientífica de lo que afirman -al margen de su "validez" empírica, tal vez para ellos y para otras personas- y de entender que nada más lejos de nuestra intención que señalar su ignorancia o estulticia o de caer nosotros mismos en el dogmatismo en nuestro afán escéptico -este punto también se ha discutido en la historia del pensamiento, pero creemos que, a estas alturas y con las ideas claras, corresponde más al juego filosófico que a la realidad práctica-. Muchas de estas creencias -atentos a las sabidurías orientales tan de boga hoy en día- pueden tener una base verdadera, con cierta tradición filosófica, en el estudio de la naturaleza y el ser humano, pero el problema lo encontramos en su conversión en dogma, en que se planteen interrogantes que corresponden al terreno de lo sobrenatural y desemboquen en algo parecido a una religión, en que se acepte la seudociencia, lo paranormal, como una ideología y filosofía vital, y se acepte una supuesta "verdad" -en la religión tradicional sería revelada, en este caso la finalidad será parecida, de base falsamente natural o científica- que impide el progreso y el pensamiento crítico. No queremos confundir ni contraponer la tolerancia que se pueda tener hacia la búsqueda de salud o de alguna suerte de consuelo, que puedan buscar las personas en ciertas doctrinas o terapias alternativas, con un fuerte compromiso con una búsqueda del conocimiento que amplíe el horizonte del saber y una práctica vital coherente, la superstición siempre es dañina.

Anécdotas en nuestras vidas, donde personas presuntamente ilustradas se indignan dogmáticamente ante las dudas y preguntas que realizamos ante sus "verdades" encontradas, obligan a ese compromiso con el escepticismo. El problema no radica en que las personas practiquen lo que les venga en gana que les pueda reportar una serie de beneficios, el auténtico problema -y algo de pena diríamos- viene si las personas acaben creyendo científicamente que pueda existir energía negativa y positiva -el reiki es un ejemplo, pero podemos encontrar algo similar en el feng-shui o en el tai-chi, originados en China y que buscan la canalización de energía en el espacio y en el cuerpo humano, respectivamente-, una especie de conexión energética entre los seres vivos y que algunos "expertos" pueden manipular esa energía en bien de sus semejantes -y más irrisorio aún, la posibilidad de hacerlo… ¡a distancia! La lista de psicologías alternativas que poco o nada tienen que ver con el estudio serio de la mente es interminable. La terapia de regresión, por ejemplo, parece que tiene un origen sicoanalítico y pretende acceder a experiencias pasadas para poder cambiar contenidos de tipo inconsciente de nuestra mente que pueden ser causa de males actuales; los críticos de esta técnica afirman que los recuerdos pueden estar inducidos por la misma terapia, en lugar de ser inconscientes, tal y como ha demostrado múltiples veces la Psicología Cognitiva. Mencionamos esos casos, ya que nos resultaron cercanos con anécdotas en las que los escépticos pasamos por cerrados de mente ante cosa que consideramos sin ningún fundamento científico y con una cuestionable base empírica..

En el Mundo Occidental se puede decir que se vive una época de retroceso de la razón, el oscurantismo gana posiciones y las creencias son cada vez más anticientíficas y antirracionales. Puede afirmarse sin ambages que la sociedad española se caracteriza por una pérdida de formación cultural, por su escasa preparación científica, donde los medios no solo no divulgan el conocimiento sino que abundan en la especulación absurda y en datos acientíficos. Programas de gran éxito en los mass media divulgan sin pudor auténticas imbecilidades especulativas en lo paranormal, sin el menor análisis racional que actúe de balanza y presentados con cierto atractivo esotérico para que atraiga el morbo de la audiencia. Ya Hume afirmó hace tiempo, de manera brillantemente sencilla, que "las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias". Se puede extender lo mencionado anteriormente a la política y a los problemas sociales, con puntos de vista limitados, excesiva subjetividad -con todo lo que tiene de delicada tal afirmación, somos conscientes- y, finalmente, de clara manipulación. La mayoría de los medios produce programas incalificables: ocultismo, astrología y, en general, pseudociencia de toda índole, el falseamiento de la realidad más evidente que alimenta la ignorancia. A pesar de algunos, podemos considerar la historia también como una ciencia y observamos también como pseudoprofesionales manipulan los datos históricos por su propio beneficio y, entonces, la escasa memoria que poseen las personas jóvenes se encuentra además pervertida.

sábado, 12 de abril de 2014

Creacionismos varios

Desde un punto de vista filosófico el creacionismo puede tener dos sentidos: en primer lugar, como afirmación de que la creación del mundo tuvo lugar ex nihilo (es decir, a partir de la nada) por obra de Dios; en segundo lugar, puede aludir a la producción de almas humanas, lo que se presupone también la existencia de Dios. En un caso y en otro, el creacionismo quiere negar que el mundo y el alma humana (preexistente, para los creyentes, a la propia existencia del hombre; para los que no creemos, señalamos el alma como una de las grandes falacias en la historia de la humanidad origen del pensamiento religioso y del desbarajuste intelectual que todavía pagamos) tengan una condición previa según la cual hayan surgido a partir de algo. Es decir, la afirmación "Dios lo hizo" es la visión más cómoda a nivel intelectual, un deseo brusco de no hacerse más preguntas y, posiblemente, lo que sigue manteniendo a gran parte de la humanidad en un estadio más bien infantil. Recordaremos también el clásico moderno, que alude a la imposibilidad la causa primera de las cosas y niega la creencia religiosa: "Yo no pongo nombre a mi ignorancia, la coloco en un altar y la llamo Dios".

Este breve resumen sobre la visión filosófica del creacionismo lo adelantamos a un análisis más popular del concepto, y para echarnos a temblar, como veremos a continuación, preguntándonos si el pensamiento religioso es una suerte de virus que mina intelectualmente a las personas; puede que nos acusen de reduccionistas y demagogos, algo que asumimos, nosotros somos así.
Hay que aclarar, y un motivo más para entender lo fantasioso de la creencia religiosa (o mágica o como la queramos llamar), que el creacionismo no debería aludir necesariamente a la mano de un único Dios en la creación del mundo y los seres vivos. Es decir, si nos viene uno diciendo que él es un politeísta que también piensa que hay una creación ex nihilo, ¿quiénes somos nosotros para negarle la condición de creacionista? Queremos decir con esto que el creacionismo es un concepto, como tantos otros, insertado en la tradición monoteísta (exactamente, judeocristiana); si los seres humanos pertenecen a otra cultura, puede que crean en otras cosas disparatadas, pero al parecer no se les puede etiquetar de creacionistas según los cánones oficiales. Un desbarajuste intelectual de lo más peculiar, como ven ustedes, y nos esforzaremos siempre en señalar lo ridículamente dogmático de las creencias religiosas; es fácil señalar lo irrisorio, por ejemplo, del politeísmo hindú, con su universo plagado de deidades en plan despiporre, pero al parecer si indicas, por ejemplo, que el cristianismo tiene igualmente cosas contradictorias y disparatadas, contrarias a la razón, el asunto es más delicado.

Volvamos al creacionismo. A estas alturas de la película, todavía existen creyentes que pretenden que la visión religiosa (sobrenatural) debe contrarrestar en la educación las enseñanzas científicas (naturales). Así, pretenden que existe todo un debate científico sobre el creacionismo enfrentado al evolucionismo (y, ojo, no decimos que no haya fisuras, como es lógico, en lo que sabemos sobre la evolución; no obstante, insistimos, no pongamos nombre a la ignorancia en un caso o en otro); el creacionismo, junto a la idea del diseño inteligente, es decir, de que existe un propósito racional por parte de una voluntad superior en el origen del universo y de la vida humana (aunque, ya sabemos que hay quien no alude necesariamente en ello a la existencia de un Dios personal), no son más que mitos y creencias que deben ser colocadas en su justa medida. Si puede que exista un creacionismo clásico, amparado en la "verdad" revelada de la Biblia (un libro bien escrito y entretenido, pero plagado de hechos verdaderamente terribles que deberían hacer cuestionar la creencia religiosa más que afirmarse en ella), existe una doctrina creacionista moderna, que simplemente habría de calificar de seudociencia al ignorar o manipular el método científico.

Por supuesto, existen muchas variantes del asunto que nos ocupa, de tal manera que el pensamiento religioso se adapta ladinamente a la ciencia y pretende afirmar que sus creencias no se oponen en absoluto al conocimiento científico; así, se limitan a retrasar el acto creador ex nihilo de una manera de nuevo cómoda, pero cuestionablemente honesta. Por ejemplo, la inefable Iglesia católica, viendo tal vez que el chiringuito y los privilegios se le venían abajo, llegó un momento en la historia moderna que simplemente no trata de oponerse al desarrollo de la ciencia, siempre y cuando se creyera en última instancia en la causalidad divinia. Dejamos para el lector, para que nos nos acusen de nuevo de tendenciosos, la lectura intelectual y ética del asunto. Como es, o debería ser sabido, algunos postulados creacionistas, como la de no pocas iglesias de Estados Unidos, llevan a creer y afirmar que la Tierra tiene solo unos miles de años. Es una línea diferente a la del monstruo institucional católico, más replegada en el fundamentalismo; ello implica una notable falta de ridículo y, muy probablemente, de vergüenza, pero a priori es al menos más honesta desde el punto de vista dogmático-religioso.
En cualquier caso, insistimos, qué extraño y pernicioso virus se cuela en el cerebro de las personas y les lleva a creer en tanto disparate.

sábado, 5 de abril de 2014

¿Natural versus químico?

Tratamos de señalar en la entrada de hoy la falsa oposición entre químico, malo, y lo natural (o ecológico), bueno; pensamos sinceramente que no hay que realizar tal simplista asociación. Posiblemente, el antagonismo más aproximado sería entre lo natural y lo sintético, y tampoco podemos decir de forma obvia que uno u otro sea necesariamente bueno o malo.

Con frecuencia, hemos escuchado esa oposición entre lo "natural" y lo "químico" con la habitual apología de lo primero frente a lo segundo en aras de llevar una vida sana. No debería hacer falta aclarar que se trata de un antagonismo totalmente falso llevado hasta la exacerbación por nuestros amigos los practicantes de remedios "alternativos". La química no es algo artificial y peligroso, muy al contrario, se encuentra en todas partes. El profesor James Kennedy lo ha explicado muy bien mediante una serie de carteles en los que muestra como productos naturales perfectamente saludables están compuestos de mucha química.
Veamos las palabras del propio Kennedy (que, esperamos, no esté a sueldo de las multinacionales):
Quería erosionar el miedo que muchas personas tienen a los ‘químicos’, y demostrar que la naturaleza hace evolucionar compuestos, mecanismos y estructuras mucho más complicados e impredecibles que cualquier cosa que podamos producir en el laboratorio”.
La química ha sufrido de una imagen negativa en los últimos años. Los pesticidas, los venenos, las drogas y los explosivos parecen dominar la percepción que tiene el público de la química, mientras que las otras ciencias son vistas bajo una luz mucho más positiva. Esto se debe principalmente a que la química carece de un profesor público carismático como David Attenborough o Brian Cox, que actualmente inspiran a los alumnos a entrar en la biología y la física, respectivamente. La química sólo tiene a Walter White, de Breaking Bad, y le ha hecho mucho daño al ramo.
Estos carteles pretenden mostrar que la química no es artificial y peligrosa, sino que es natural y está en todas partes. La química de los objetos divertidos, amables y cotidianos como los plátanos es más complicada y más fascinante que la de, digamos, una bomba. 
Para este tipo de aversión a los productos químicos, que ya hemos visto que también son perfectamente naturales, se ha acuñado el término quimiofobia (es un neologismo no aceptado por la Rae, lo hemos comprobado; nosotros somos así en el uso del castellano). No estamos tampoco muy de acuerdo con la popularización de estos vocablos, que más bien parecen estigmatizar y convertir en una patología lo que puede ser perfectamente explicable en términos simplemente más lógicos: tiene el ser humano cierta querencia por los discursos tranquilizadores y, además, unos sesgos cognitivos de aquí te espero.
En los últimos años, existen muchas corrientes críticas con la industrialización, y no dejamos de darles la razón en muchos casos. Sin embargo, esa razonable crítica a algunos aspectos industriales deshumanizados y agresivos con el medio ambiente, por la obvia búsqueda de beneficio de un capitalismo que nos trae demasiadas crisis de todo tipo, no debe llevarnos al delirio conspiranoico. Es decir, el hecho de que estemos algo indefensos frente a la industria alimentaria no supone que exista una gran conspiración para envenenar a la población mediante la utilización de tóxicos en los alimentos. Por otra parte, el que queramos cambiar el sistema no debería hacernos caer en la la creencia en supuestas arcadias felices del pasado, en una supuesta era en la que humanidad vivía más saludablemente en contacto con la naturaleza (esto no solo suena algo ridículo de entrada, sino que no hay evidencia alguna al respecto); hay que mirar al futuro aprendiendo del pasado, no quedándonos prendados con una falsa idealización. Espero que lo hayamos dejado claro, huyendo de la polarización de una u otra posición extrema e irracional: cuestionable querencia por "lo natural" versus acrítica aceptación de lo industrial.

Volvamos al asunto de la falaz oposición entre química y naturaleza. No parece tenerse en cuenta que gran parte de las sustancias nocivas tienen un origen totalmente natural; las plantas que recogemos en el campo tienen multitud de compuestos que desconocemos y no sabemos tampoco en qué proporción se encuentran. En cuanto a los alimentos, por muy ecológicos que nos los quieran presentar, tienen igualmente cientos de compuestos sobre los que sabemos más bien poco; como se insiste, el metabolismo de cualquier célula es de gran complejidad y no todos los compuestos están caracterizados. El problema es que, efectivamente, tenemos una gran desinformación y nos mostramos indefensos frente a tanto mercader (de lo oficial y de lo alternativo); el remedio frente a ello no es creer en teorías simplistas que nos tranquilicen mediante alguna suerte de placebo (aunque, en esta ocasión, cuestionablemente inocuo), sino la permanente búsqueda de conocimiento veraz y de evidencia científica.
El problema de buscar causas cuestionables en los numerosos problemas presentes en la sociedad (patologías de todo tipo y muchos otros, que podemos extender a lo social) es que tendemos a elaborar una red alarmista que desinforma aún más y evitamos buscar las causas reales..

martes, 1 de abril de 2014

Desvergonzados líderes espirituales

Fulanos como Deepak Chopra son el paradigma de los tiempos que vivimos, en cuanto a nuevas creencias. Se trata un prolífico escritor sobre la espiritualidad y el poder de la mente, presentadas con el subterfugio de "cierta" base científica. El tipo es tan sinvergüenza, que llegó a afirmar que algún terremoto ha sido provocado en parte por él gracias a una "poderosa" meditación. El autor de la obra La curación cuántica considera que las ideas provocan cambios físicos evidentes, y de la forma más burda posible. Nuestra visceralidad sobre esta clase de "especialistas" es, tal vez, inmisericorde, pero así consideramos que hay que ser con este tipo  de charlatanes y manipuladores. La defensa de esta clase de cosas son ya lugares comunes, como el hecho de ser un alternativa al feo y materialista mundo en que vivimos (no una alternativa, sino la gran Verdad ofrecida, al igual que la han propuesto todas las religiones). Sin embargo, todos estos gurús de la espiritualidad tienen sus bienes materiales bien asegurados, gracias a un público deseoso de creer en algo diferente. Chopra es, por encima de cualquier otra condición, un autor de best-sellers y una garantía de éxito comercial gracias a multitud de productos relacionados con sus teorías.

La intención de fusionar conocimientos científicos con elementos de las religiones orientales, propia de la "nueva espiritualidad", se remonta a los años 70 del siglo XX. Parece ser que la base está en algunas semejanzas entre la física cuántica y el misticismo procedente de Oriente, pero omitiendo las grandes diferencias. Todos seguramente hemos escuchado, desgraciadamente,  a alguien de nuestro entorno mencionar algo parecido al "hecho" de que la materia es mera ilusión de la sique, la cual el hombre debe modificar en el caso que enferme. Del propio Chopra es la siguiente frase: "Nuestros cuerpos están contenidos dentro de nuestra conciencia, y no nuestra conciencia está contenida dentro de nuestro cuerpo". Religión y medicina, en la llamada Nueva Era o New Age, han ido de la mano bebiendo de las necesidades de las personas y enriqueciendo a unos cuantos líderes espirituales. Hay quien dice que el paradigma de la Nueva Era ha cambiado en años recientes, pasando del gregarismo de aquellas comunidades esotéricas a un individualismo propio de gurús que atienden casos particulares. Las "creencias" no tardan demasiado en resultar ridículas, por lo que se producen estos reajustes y depuraciones tan irritables. Insistiremos en la que la palabra "religión" no es mencionada ya por estas personalidades, como Chopra, el énfasis que ponen es ya más secular y su terminología más "científica". Llegamos de nuevo a un punto en que confluyen la salud, la ciencia y la fe, y Chopra llegó a convertirse en un líder de esa corriente de rechazo a la medicina convencional. Como siempre, señalaremos que los deficientes sistemas sanitarios que se han construido (políticos, económicos o de cualquier tipo) no pasan por creer en teorías falsas, por muy atractivas que se presenten, e individuos igualmente manipuladores.

Los ingresos de Chopra por artículos, conferencias y seminarios son millonarios, más sustanciosos que cuando se dedicaba simplemente a tratar a ciertas personalidades. Es curioso que el gran argumento (y totalmente cierto, si lo desprendemos de intenciones legitimadoras de otras cosas) de lo mezquinas, interesadas y manipuladores que son las grandes compañías farmacéuticas no se aplica a estos líderes y a las industrias más o menos alternativas que han creado. Chopra, y tantos otros de mayor o menor nivel, no son desinteresados maestros espirituales, es evidente. Incluso, el inefable fulano ha llegado a afirmar que los sentimientos de culpa por buscar el lucro personal provienen de la tradición judeocristiana. En la sociedad capitalista y de consumo no es nada fácil discernir entre lo que es información rigurosa de lo que es engaño y burda manipulación (cierto nivel y espíritu crítico es un gran paso al respecto), pero es que todas estas corrientes alternativas de la posmodernidad forman parte de los mismos mecanismos de ese materialismo sucio que denuncian. Es la gran y terrible paradoja, con tantas personas que sufren las carencias y necesidades de siempre, y buscan respuesta simplemente en lo que creen que son nuevos terrenos y grandes verdades. Por poner un ejemplo, el movimiento Meditación Trascendental, del que Chopra es abanderado, ingresa cantidades millonarias por la venta de plantas medicinales, aceites, tes, gemas curativas, horóscopos hindúes, libros, DVD, marcas registradas y una lista interminable. El propio Chopra hace años que ya no atiende pacientes, ya que gana mucho más con sus seminarios alrededor del mundo, a los que acude un número no muy elevado de personas. Seguramente, el racionalismo como corriente de pensamiento tiene cosas cuestionables, pero desde luego vivimos en un mundo más bien irracional. "Bienestar físico, emocional y espiritual", así como "paz interior", son los conceptos con los que juegan estos tipos y corrientes, algo nada original.

Uno de los propósitos de Chopra ha sido realizar una fusión entre la medicina ayurveda y la física cuántica. Entre la cosas que preconiza está el hecho de que las víctimas de cáncer pueden saltar a un nivel de conciencia que prohíba la existencia de la enfermedad. Es lo que denomina un "salto cuántico" de un nivel de funcionamiento a otro superior. En este caso, no se trata de una metáfora, ya que este tipo asegura que sus terapias (las cuales vienen a ser productos herbarios de marca registrada) tienen vibraciones específicas que contrarrestran la "vibración cuántica" del cuerpo. Chopra propone tener pensamientos "felices" para provocar que las moléculas del cuerpo lo sean también. Para buscar la "armonización" o el "equilibrio cuántico" del cuerpo, basta con localizar en la consciencia la fuente del dolor. Reputados (y, tal vez, "malvados") científicos han echado por tierra el misticismo cuántico de Chopra, que consideran sin base física o biológica, y más bien propio de una elevada imaginación metafísica. Naturalmente, como hemos insistido en numerosas ocasiones, existen ciertos mecanismos en los que tratan de apoyarse y crecer las teorías más descabelladas. Puede ser el caso, bastante lógico, de de que las personas más optimistas y felices suelen vivir más, pero buscar una explicación en la física cuántica a eso es bastante ridículo. Naturalmente, no hay ninguna relación entre la mecánica cuántica y la conciencia, tal y como asegura Chopra. Las afirmaciones más poco verosímiles adquieren cierta capa de profundidad si acuden a los conceptos científicos. La explicación a por qué calan en cierto público estas teorías es debida en gran parte al desconocimiento del universo en que vivimos. Aunque la especulación es parte de la metodología científica, ese tipo de cosas tan fantasiosas no deberían tardar en desaparecer sin criterio alguno. Desgraciadamente, no es así, y los medios de comunicación tienen gran parte de responsabilidad en ello. Como dice Ben Goldacre, en Mala ciencia, me parece mucho más interesante una cosmovisión científica.