sábado, 29 de marzo de 2014

El placebo o alivio de ciertos síntomas


Vamos a ver si averiguamos algo sobre el llamado "efecto placebo", ya que todo lo relacionado con la sicología y la salud resulta fascinante y podemos también extenderlo a otros campos. Tal y como dice Ben Goldacre, en Mala ciencia, lo criticable de las medicinas alternativas (recordemos que entendemos por tal cosa aquellas no aceptadas por el método científico y no integradas, por lo tanto, en la medicina general), es ver cómo distorsionan, a base de tópicos, la concepción que tenemos de nuestros propios cuerpos. El paralelismo que se realiza es inmejorable, afirmando que la teoría del Bing Bang es infinitamente más interesante que el relato infantil de la Creación contenido en el Génesis. Lo que puede contarnos la ciencia sobre el mundo natural supera de largo cualquier teoría, más o menos esotérica, sobre unas pastillas curativas que es capaz de preparar un terapeuta alternativo. Si queremos buscar un terreno común, que desmonte algunas patrañas, es necesario buscar la relación entre nuestros cuerpos y nuestras mentes, tener en cuenta el papel cultural de la curación y hablar, por supuesto, del efecto placebo. Insistiremos en que Goldacre no es nadie que esté a sueldo del "sistema", de hecho critica tanto la manipulación de las farmacéuticas como la de la industria alternativa, y que sus artículos están bien legitimados citando las fuentes correspondientes.

Tal y como ocurrió con el curanderismo, los placebos pasaron de moda en cuanto el modelo biomédico empezó a ser efectivo. A finales del siglo XIX, ya anunciaban la defunción del placebo debido a ciertos casos evidentes (un médico inyectó agua, en lugar de morfina, a su paciente y éste se recuperó perfectamente). Incluso, hay quien lamentó el supuesto fin del placebo, ya que eran conscientes de que algunos factores en la medicina desde sus inicios, como la actitud tranquilizadora y el saber tratar adecuadamente al paciente, resultaban tremendamente eficaces. Sin embargo, y afortunadamente, su uso ha pervivido. Creo que podemos decir que existe cierto poder de la mente que pertenece a un terreno más o menos incognoscible. No obstante, planificar un experimento capaz de desgranar los beneficios sicológicos y culturales de un tratamiento con el fin de aislar los efectos meramente biomédicos, es más complicado de lo que parece, ya que no es posible comparar un placebo con ningún otro tratamiento. Ello es debido a que se considera incorrecto, desde puntos de vista evidentemente éticos, tratar a un paciente realmente enfermo con un efecto placebo. Además, no está muy bien visto por la comunidad médica, la cual defiende la evidencia empírica, este tipo de ensayos con placebo, debido a que se conoce lo fácilmente manipulable que son los resultados. Puede expresarse como que en el mundo clínico, tanto en médicos como en pacientes, no les interesa demostrar que un tratamiento funciona mejor que nada, sino si funciona mejor que el mejor de los existentes.

Lo que sí se puede realizar, de forma bastante ingeniosa, es comparar un placebo con otro. Por ejemplo, un médico especializado lo que hizo es tomar datos de ensayos controlados por placebo sobre medicamentos contra la úlcera gástrica (una buena idea, ya que resultan un excelente objeto de estudio al determinarse su presencia o ausencia por métodos muy objetivos). Al comparar dos tratamientos por placebo (dos pastillas de azúcar, en un caso, y cuatro en el otro), acabó descubriendo que, cuantas más pastillas, mejor funcionaba el placebo. Parece increíble, pero la respuesta está en que el placebo abarca mucho más que la simple pastilla, abarca el sentido o significado cultural del tratamiento. Lo que se quiere decir es que las pastillas no aparecen sin más en el estomago, ya que se administran de manera particular, adoptan formas diversas y las ingerimos con determinadas expectativas. Todo ello tiene un impacto sobre las ideas y creencias de la persona sobre su propia salud y, del mismo modo, sobre el resultando del tratamiento (la homeopatía es el ejemplo perfecto del efecto placebo). Para el que le resulte sorprendente la "eficacia" del efecto placebo, es posible mencionar numerosos ejemplos de experimentos que confirman la cuestión. Cierto estudio, por poner un ejemplo rápido, demostró que un fármaco similar al valium trataba más eficazmente la ansiedad cuando aparecía en forma de color azul, resultaba mejor que cuando se presentaba en forma amarilla. Desgraciadamente, las empresas fabricantes conocen muy bien los beneficios que aporta una imagen, por lo que invierten más en publicidad que en investigación y desarrollo. Otro estudio demuestra que la medicación estimulante tiende a presentarse en pastillas rojas, naranjas o amarillas, mientras que los antidepresivos y tranquilizantes suelen ser azules, verdes y morados. Más importante que los colores, es la cuestión de las formas, por ejemplo; en su momento las cápsulas parecían ser un medicamento más innovador. Otro factor influyente es la vía de administración, y tres experimentos separados han demostrado que las inyecciones de agua salina son más eficaces que las pastillas de azúcar para el tratamiento de problemas de tensión arterial, de dolor de cabeza y de dolores posoperatorios (no porque tengan mayor beneficio, sino porque la gente cree que una inyección es una intervención más drástica que el hecho de tragarse una simple píldora). Otros experimentos también han mostrado que ciertos efectos rituales (como la acupuntura) son más efectivos como placebo que una simple pastilla de azúcar.

El testimonio definitivo sobre la construcción social del efecto placebo, y aquí llegamos a un punto clave, es el que nos revela la extraña historia del envasado. Puede decirse que el dolor es un ámbito en el que cabría sospechar que las expectativas producirán un efecto particularmente significativo. Las personas acaban averiguando ellas mismas que es posible apartar el dolor de su mente, por lo menos hasta cierto punto, gracias a la distracción, o que ciertas condiciones estresantes pueden hacer que empeore. Experimentos han mostrado que el envase de los comprimidos y la marca que aparece en él tienen su propia efecto beneficioso sobre el dolor de cabeza. Por mucho que se insista en que ello es tirar el dinero, hay personas que siguen comprando analgésicos de marca (incluso, el mayor coste de los mismos acaba siendo un factor determinante). No nos desanimemos ante esta concepción del mundo en el que las personas parecemos conejillos de indias, ya que este conocimiento puede ayudar precisamente a crear formas de vida más saludables y a que estemos menos subordinados e esos factores (tantas veces, mercantiles y planificados).

Otros ensayos han evidenciado que no es tampoco necesario ceñirse a las pastillas y a los aparatos en el efecto placebo. Por ejemplo, está demostrado que lo que el médico diga y haga tiene un efecto en la curación. Incluso, sin hacer nada, solo por su manera de comportarse, los médicos pueden tener un efecto tranquilizador. También la información que se dé al paciente, como un "diagnóstico placebo", puede ser determinante. En el caso de los terapeutas alternativos, y aquí ya entramos en un terreno peligroso, no dan solo diagnósticos, sino "explicaciones placebo" (afirmaciones infundadas, no basadas en pruebas, a menudo fantásticas, acerca de la naturaleza de la dolencia del paciente, en la que se alude por ejemplo a "desequilibrios" o "energías"). Aunque se han mencionado efectos beneficiosos (y hay que mencionar que incluso en esos casos pueden darse también daños colaterales), hay que andarse con mucho cuidado si ciertas actitudes conducen a las personas a creerse su condición de enfermas y reforzar así creencias y comportamientos destructivos (como es el caso de medicalizar los muy habituales dolores musculares) obstaculizando así que la persona pueda seguir con su vida y progresar. Está claro que las investigaciones demuestran que la actitud cálida y tranquilizadora del médico son más eficaces, aunque ello encuentre desgraciadamente muchos obstáculos en el sistema sanitario real en el que vivimos. También se produce cierto dilema, teniendo en cuenta estos factores "placebo" que ayudan a mejorar al paciente, y es el hecho de no mentir al paciente enfrentado a lo pernicioso de una una excesiva información (que puede empujar a confundirlo y asustarlo aún más).

Lo que está claro es la denuncia a ciertos terapeutas alternativos, los cuales no reconocen en ningún momento que su posible eficacia se debe a ciertos rituales y a su relación con el paciente. Ellos insisten en que sus tratamientos tienen un efecto específico y medible sobre el organismo, algo inasumible si tenemos en cuenta la evidencia empírica. Las pruebas de la supuesta eficacia de la medicina alternativa al respecto suelen ser oscuras, los métodos mecanicistas y claramente decepcionantes desde un punto de vista intelectual. Insistiremos en que la ciencia, la cual solo conlleva un camino, es mucho más interesante. El efecto placebo revela la existencia de dilemas fascinantes y conflictos éticos que nos provoca la seudociencia, como es el caso de considerar ciertas terapias alternativas meramente como un timo, teniendo en cuenta el factor de que funciona el efecto placebo. Otra cosa a tener en cuenta, además de los beneficios, es que también se pueden producir efectos secundarios imprevistos. Creer en cosas no respaldadas por la evidencia empírica tiene un obvio efecto sobre la capacidad intelectual, por no hablar del hecho de "medicalizar" problemas, reforzar creencias contraproducentes acerca de las enfermedades y extender la pobre idea de que una simple pastilla es una respuesta apropiada a un problema social (además de a una modesta enfermedad de naturaleza vírica). Por otra parte, la medicina alternativa, reforzada por el placebo, tiende a denigrar a la medicina convencional (todos conocemos algunos ejemplos), a menudo aprovechándose de las malas experiencias con la misma. Acudir a la medicina alternativa, tantas veces se realiza en detrimento de tomar medidas eficaces para enfermedades muy graves (traicionando, de paso, la propia condición "holística" o "complementaria" de esas terapias, ya que denigran la auténtica medicina biomédica. El efecto placebo, que puede ser útil en ciertas ocasiones, no es reconocido la mayor parte de la veces por los terapeutas alternativos, ya que pretenden tener grandes y oscuras teorías sobre el cuerpo humano. El mercantilismo y el dogmatismo con la salud son tan criticables en médicos convencionales como en terapeutas alternativos. Solo cabe una idea más honesta e inteligente, aprovechar las numerosas investigaciones para perfeccionar los tratamientos que actúan mejor que el placebo, así como para mejorar la atención sanitaria sin engaño alguno al paciente.

martes, 25 de marzo de 2014

Carl Sagan y la hipótesis de Dios

Carl Sagan, antes de discutir sobre la hipótesis de Dios en una de sus conferencias en la Universidad de Glasgow, dedicó parte de la misma a tratar de dilucidar a qué nos referimos con esa idea. Para empezar, recordaba que los romanos llamaban ateos a los cristianos, ya que éstos creían en un dios que no era el "verdadero"; esa actitud de denominar ateos a los que no creen exactamente lo mismo que uno se habría mantenido a lo largo de la historia.

Los rasgos de la divinidad de las tres religiones monoteístas, con tanto en común, son los de un ser omnipotente, omnisciente, creador, compasivo, que atiende a las plegarias e interviene en los asuntos humanos, etc. Sin embargo, Sagan muestra lo evidente: podría demostrarse, finalmente, la existencia de un ser con alguna de aquellas características, pero no con todas. ¿Se hablaría en ese caso de la existencia de Dios? La probabilidad de que exista la divinidad mostrada en las religiones del libro hay que ponerla al mismo nivel que la de cualquier otro dios alternativo (nos referimos, obviamente, a un ser sobrenatural). Enfrentados a la tradición monoteísta, podríamos identificar a Dios simplemente con las leyes naturales que explican el universo, por lo que en ese caso difícilmente podríamos llamarnos nadie ateos o tendríamos que negar esas leyes y demostrar que son inaplicables. Entre esas dos posibilidades, Sagan piensa en todas las posibilidades: mundos sin dioses, dioses sin mundos, dioses creados por otros dioses previos, dioses que nunca nacieron, dioses eternos, dioses que mueren, dioses que mueren más de una vez, diferentes grados de intervención divina en los asuntos humanos; ningún profeta, uno o varios; ningún salvador, uno o muchos..., por no hablar de los diferentes preceptos y tradiciones de la creencia religiosa. La gente acaba creyendo multitud de cosas y cada opción religiosa supone todo un asombroso repertorio.

Lo que Sagan muestra como sorprendente es que, considerando tantas alternativas y posibilidades, cuando alguien tiene una experiencia de conversión religiosa suele ser casi siempre a una de las opciones religiosas presentes en su comunidad. Es francamente difícil que alguien en Occidente acabe creyendo en una deidad con cabeza de elefante de color azul. Ese tipo de seres sobrenaturales aparece solo en las creencia hindúes al igual que la Vírgen María solo se aparece en Occidente. Los detalles de las creencias religiosas no suelen cruzar las barreras culturales y lo obvio es que esos detalles están determinados por las creencias locales sin que tengan nada que ver con algo externamente válido. Viva uno donde viva, la cultura indígena influiría enormemente en la predisposición religiosa; recordemos, a este respecto, que las religiones realizan siempre esfuerzos para atraer a las mentes más jovenes e influenciables. En el caso de los profetas, recuerda Sagan, hay que contemplar otra posibilidad; si un nuevo profeta asegura haber recibido una revelación divina que transgrede las revelaciones previas de todas las religiones, cómo diablos va a verificar su validez la persona media. La única posibilidad es acudir a la teología natural, es decir, a la observación de las leyes de la naturaleza; hay que huir del papanatismo y pedir siempre pruebas para todo.

Los deseos humanos llevan a intentar dar una explicación racional para la existencia de Dios o de cualquier otra creencia sobrenatural. Sagan repasa los argumentos, no solo occidentales, ya que en otras tradiciones existen pruebas similares sobre la supuesta existencia de la divinidad correspondiente. Ya nos hemos ocupado en otras ocasiones de esos argumentos, como es el caso del cosmológico relacionado con la causalidad, según el cual Dios sería la primera causa (sin causa). Sagan recuerda que la ciencia obliga a hacerse preguntas sobre qué ocurrió antes del big-bang; no hacerlo es prácticamente equivalente a decir: "lo hizo Dios". Los mitos humanos contemplan solo algunas posibilidades; el ejemplo de una primera causa, aceptando que pudiera haberla, no implica nada sobre un ser omnipotente u omnisciente. Aristóteles ya argumentaba sobre una primera causa y especuló sobre varias decenas de posibilidades al respecto. Otro argumento habitual es el del diseño, que claramente se realiza por analogía: algunos objetos los ha realizado la humanidad y de ahí nos encontramos con que algo más complejo tiene que haber sido construido por algún ser más dotado. No hace falta recordar que, al menos desde Darwin, recurrir a Dios es ignorar una serie de principios subyacentes en la biología. Querer deducir de un supuesto orden en el mundo la existencia de un ser divino es, siendo benévolos, peculiar; puede que exista mucho orden en el universo, pero también numeroso caos, por lo que no es posible concebir un dios que sepa lo que está haciendo y más bien parece un aprendiz. Otro argumento terriblemente reduccionista es el moral: somos seres morales, luego Dios existe; Sagan recuerda que es posible explicar muchas cosas de nuestro comportamiento gracias a la selección natural, la adquisición de conciencia sobre nuestro entorno hace posible que comprendamos muchas cosas y ver lo que es bueno para nuestra supervivencia. Respecto al argumento ontológico, que alude a que ya que hemos concebido un ser perfecto eso es un garante de su existencia; Bertrand Russell, de manera sarcástica, dijo que estuvo a punto de ser convencido hasta que transcurridos unos minutos se percató de lo falso del argumento. El argumento ontológico visto hoy es, cuanto menos, poco convincente (añadiríamos que algo tontorrón incluso), ya que no es posible describir los atributos de la perfección; Sagan recuerdo un aserto budista que dice que dios es tan grande que no tiene necesidad de existir. Creemos que con eso está dicho todo respecto a este argumento.

En la línea del moral, está el argumento de la conciencia, que sostiene que la misma demuestra la existencia de Dios. No hace falta mucho recorrido mucho para encontrar una explicación alternativa: muchos neurobiólogos opinan que la conciencia es una función que depende del número y la complejidad de las conexiones neuronales del cerebro. Respecto al argumento de las experiencias religiosas, sin que Sagan quiera ridiculizar ninguna, recuerda los numerosos casos de personas que han visto ovnis, fantasmas o percepciones extrasensoriales sin que en ningún caso haya verificación de su existencia. También hay que recordar que ciertas sustancias pueden provocar esas experiencias religiosas, como es el caso del peyote de algunos indios americanos o del vino utilizado como sacramento en algunas religiones occidentales. En definitiva, repasando todas esas teorías o argumentos (la cosmológica, la del diseño la moral, la ontológica, la de la conciencia y la de la experiencia), hay que decir que ninguna es demasiado impresionante. Parece evidente que son intentos de explicaciones racionales para algo que se desea previamente que sea cierto. Sagan también recuerda el problema de la existencia del mal respecto a la existencia de Dios; es algo que merece la pena recordar, cómo es posible que un ser supuestamente omnipotente permita que ocurran tantas cosas perniciosas y, al mismo tiempo, lo retorcido que es tratar de buscar una justificación. Como ya sostuvieron los presocráticos, la alternativa sería que Dios no es benevolente ni compasivo; Epicuro, en buena lógica, dijo que los humanos eran la última preocupación de la divinidad; otras religiones orientales muestran una flexibilidad similar, tal vez Dios no sea omnisciente o no lo sabe todo o tiene mejores cosas que hacer en otra parte. En cualquier caso, en el pensamiento teológico occidental hay una contradicción fundamental relacionado con el problema del mal, ya que no es posible aceptar los rasgos habituales en Dios de omnipotencia, benevolencia absoluta y omnisciencia.

Otra cuestión relacionada que plantea Sagan es por qué prácticamente todas las religiones aceptan la intervención de Dios en la historia humana. Cómo es posible que un ser así ordene unos despropósitos tales a los hombres por no se sabe qué motivos, por qué diablos no lo hizo todo bien de manera directa. Un ser con esas características podría haber puesto en marcha un universo perfecto; si no lo hizo así, hay que hablar de incompetencia o de limitaciones en su manera de actuar. Como dice Sagan, todos los argumentos que pretende aportar la teología natural no son demasiado convincentes, van a remolque de las emociones y esperan alcanzarlas. Sería perfectamente posible imaginar que un Dios razonablemente competente hubiera dejado pruebas claras sobre su existencia. Como ejemplo que nunca se ha producido, está la posibilidad de que Dios hubiera dejado declaraciones enigmáticas a los hombres antiguos que algún día hubieran sido aclaradas por la ciencia; existirían otras posibilidades, como el haber grabado los 10 mandamientos sobre la luna con una extensión de varios kilómetros, y los hombres solo podrían verlos cuando se inventaran los telescopios adecuados, o la creación de un crucifijo enorme orbitando en el espacio. Lo que Sagan quiera evidenciar es el hecho de que exista tanta claridad para los creyentes en los textos revelados y tanta oscuridad, en cambio, en el mundo sobre la existencia de Dios. Los grandes teólogos se empeñan en afirmar que la verdad religiosa solo se produce cuando existe una convergencia entre nuestro conocimiento del mundo natural y la revelación. La pregunta obvia es por qué esa convergencia es tan débil cuando podría haber sido "fácilmente" tan sólida.

Como colofón, hay que recordar las palabras de Protágoras (siglo V a.C.):

Sobre los dioses, no tengo medio de saber si existen o no existen ni qué aspecto tienen. Muchas cosas me impiden saberlo. Entre otras, el hecho de que nunca nadie los haya visto.

martes, 18 de marzo de 2014

New Age, posmodernidad y creencias alternativas


En otras ocasiones, nos hemos referido a la posmodernidad y también a la seudociencia (terapias alternativas, formas eclécticas de neoespiritualidad…), vamos a tratar ahora de vincularlas de alguna manera con los rasgos de esta época proclive al eclecticismo y a una suerte de creencias a la carta. El objetivo es tratar de comprender cómo es posible que tantas personas sigan creyendo en cosas absurdas, contrarias a la razón, incluso irrisorias.

Hay que recordar que la crisis de la modernidad supuso la de los grandes relatos, ya fueran políticos, científicos, religiosos o filosóficos; ello explica que el llamado sujeto posmoderno se caracterice por la atomización y por la falta de vínculos; así, buscaría con afán un relato, entendido como un discurso que legitime su existencia. Uno de los grandes males que caracterizan las sociedades "avanzadas" es el de la depresión, o cualquier otro tipo de dolencia sicológica, para el que la medicina convencional y científica no tarda, lamentablemente, en administrar sicofármacos. De forma paralela, se ha producido un sorprendente auge de todo tipo de hechiceros y terapeutas alternativos, con discursos seudocientíficos, abiertamente esotéricos o, en gran parte de los casos, con una mezcolanza de difícil digestión.

Damos cierto protagonismo a la llamada New Age, o Nueva Era, debido a que este concepto más bien grotesco puede que explique en cierta parte, algunas de estas situaciones peculiares que vivimos en sociedades que consideramos “avanzadas”. La Nueva Era tiene que ver con la astrología y se ha querido definir como un movimiento espiritual; viene a significar que cuando el Sol pasa una era por cada uno de los signos del zodiaco, grandes cambios vienen a afectar a la humanidad. Respecto a esto último, algunos cuestionables autores han querido explicar el renovado interés por la magia, la brujería, y por lo esotérico en general, en base a que ha llegado esta nueva era. Vamos a hacer un paralelismo entre la New Age y lo que otros sesudos expertos, esta vez al menos con cierta formación en filosofía, denominan posmodernidad. De entrada, de ambos conceptos viene a hablarse en fechas muy similares; segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Es cierto que no puede hablarse en la New Age de dogmatismo, concepto anatema para la posmodernidad, ya que no existe una gran creencia centralizada en un institución única, sino un afán de sincretismo de gran envergadura; en otras palabras, frente a una creencia absurda única e infalible, existe toda una pléyade de creencias y pretensiones absurdas, viejas o nuevas formas de religiosidad, acumuladas sin orden ni concierto y muy a gusto del consumidor. Recordemos que la posmodernidad, en la misma línea, se caracteriza por la negación de los grandes discursos y, de manera consecuente, por una profunda subjetividad. Otro factor coincidente con los rasgos posmodernos de la New Age es cierto relativismo, no existe una vía objetiva de acceso a la verdad y todo depende de la disponibilidad del individuo; por supuesto, se trata de un recurrente subterfugio que, supuestamente, imposibilita que aquellos que somos escépticos accedamos a altos niveles de espiritualidad (léase, a cualquier despropósito como puede ser un poder paranormal). La Nueva Era, junto a la posmodernidad, también rechaza la ciencia convencional;  aquella, apuesta más por el misticismo y no se desanima ante sus continuos fracasos, mientras que, según la filosofía posmoderna, la ciencia viene a ser un discurso más, por lo que equipara su validez a muchos otros.

Las creencias de la New Age pasan por toda suerte de exploraciones espirituales, místicas y relativas a la medicina alternativa; mitos judeocristianos, hinduísmo, budismo, filosofía oriental de baratillo, ocultismo, técnicas chamánicas, paganismo de nuevo cuño, meditaciones, bioenergética, seminarios verborreicos para explotar el potencial individual, misticismo de andar por casa, junto a alguna creencia notablemente ambiciosa, con el supuesto afán de despertar algún tipo de sabiduría “espiritual”, como es el caso de la llamada Sociedad Teosófica. Vamos a aclarar cuanto antes las diferencias entre sincretismo, término con una connotación mayor de conocimiento acumulativo, y eclecticismo, el cual hace más hincapié en considerar lo que es válido de una determinada cultura; por supuesto, no somos para nada exhaustivos en estas definiciones, pero sí hay que insistir en que lo que caracteriza  el desmadre New Age es la “acumulación” de creencias sin demasiado criterio y con una inaceptable insistencia en lo “oculto”. Desgraciadamente, el ser humano, tantas veces, se deja maravillar por lo desconocido cayendo en el más lamentable misticismo en lugar de seguir haciéndose preguntas con el afán de indagar en las auténticas maravillas del universo, léase “conocimiento científico”, y de la creación humana (léase “arte”). Hay quien ha querido explicar el fenómeno de la New Age solo desde el ámbito sociocultural, mientras que otros insisten en la insuficiencia de las religiones tradicionales y su difícil acomodo a la época posmoderna. Lo que sí parece cierto es que esta era ha supuesto una huida de lo tradicional para caminar hacia lo alternativo en un más que cuestionable tránsito.

En la New Age, la idea de Dios ha perdido sus rasgos personales y ahora viene a ser una especie de energía; incluso, los mitos religiosos tradicionales quieren verse desde esta perspectiva energética y cualquier ser humano podría acceder a ese alto estatus (por ejemplo, cualquier mortal puede llegar a convertirse en una figura semejante a Buda o Jesucristo). Todo esto, así contado, puede parecer irrisorio (y, desde luego, lo es), pero la realidad es que está ocurriendo ahora mismo en nuestra sociedad y, muy probablemente, en nuestro barrio; las personas creen en toda suerte de cosas absurdas. Esta mezcolanza de material místico la podemos observar una y otra vez a nuestro alrededor; aquellos que la utilizan suelen ser manipuladores sin la debida preparación y sus víctimas pueden acabar convirtiéndose en auténticos "creyentes" sin el menor espíritu crítico. De manera somera, vamos a recordar cuáles son las características de una actitud sectaria, y advirtamos que no corresponden únicamente a oscuras y marginales organizaciones, sino que pueden forma parte de nuestra cotidianeidad. Lo que se entiende por una relación sectaria, que puede establecerse entre el cuestionable terapeuta y su paciente, se produce cuando una persona se vuelve dependiente en gran medida de otra que le ha inducido a ello basándose en la creencia de que tiene algún don o conocimiento "especial". Por otra parte, hay que hablar de secta en un grupo cuando existe una feroz jerarquización, una estructura de poder y la utilización de un programa de manipulación sicológica. Es tan sencillo como que un verdadero terapeuta debería iniciar un programa con un paciente para su bienestar personal, para que sea verdaderamente autónomo al final del proceso, y no dependiente de manera indefinida. Por supuesto, como ya hemos insistido otras veces, no todos los terapeutas alternativos tienen una mala intención ni adoptan subterfugios esotéricos (lo cual tampoco, obviamente, legitima su técnica). Sin embargo, conviene advertir en nuestra sociedad sobre estas situaciones, en las que tantas veces no es fácil para tanta gente apreciar a priori la línea divisoria entre ciencia y seudociencia, en las que el terapeuta acaba adquiriendo un rol superior de maestro o gurú, y ello en un contexto en el que se utilizan términos supuestamente benévolos como "amor", "energía" o "espiritualidad".


sábado, 15 de marzo de 2014

Librepensadores, ayer y hoy

Identificar mero ateísmo con librepensamiento nos conduce a no pocas objeciones y problemas. Hay que distinguir entre la figura de un librepensador, propia de los siglos XVIII y XIX y lo que hoy podemos considerar que eso significa. Creemos sinceramente, y de una manera también ferozmente autocrítica, que desde posiciones ateas, lo que entendemos por un movimiento ateo combativo con la religión y más o menos organizada, se produce con cierta asiduidad esa ambivalencia de pretender ser progresista y librepensador y hacerlo únicamente desde posiciones, quizá no superadas, pero sí necesitadas de ser puestas al día conforme a nuevos discursos que resultan de lo más cuestionables. 

Hoy, así hay que considerarlo de manera permanente y muy crítica, no es lo mismo ser un librepensador en la actualidad que en la época que nace esa condición, en torno a lo que llamamos la Ilustración. Lo que queremos expresar es que da la impresión de que existe quien se refugia en ese librepensamiento de los orígenes, de una época en que los paradigmas eran obviamente muy distintos, y sin embargo adopta una actitud bien poco librepensadora en la actualidad; de hecho, es posible que los auténticos librepensadores les parezcan personas equivocadas, a veces subversivas y peligrosas, adoptando con ello una condición en realidad tristemente conservadora. Dicho de modo elemental, el librepensamiento en origen consistía en escapar de un mundo de creencias aceptadas y de una serie de pautas establecidas (una serie de dogmas y prejuicios, así como la aceptación de una autoridad espiritual y, por extensión, también terrenal), lo cual tampoco elimina de un plumazo todo el pensamiento de aquellos autores que no podemos considerar librepensadores conforme a lo que será tal cosa a partir de la Ilustración. La actitud librepensadora, de modo general, pudo ser en un principio dejar atrás la tradición y empezar a fiarse del criterio propio (huyendo de lo que se repite, de lo que está establecido o aceptado); para que nos hagamos una idea, en la Edad Media, no solo existía la autoridad eclesiástica supuestamente legitimada por la divinidad, también se amparaban en la tradición filosófica establecida por Aristóteles (bien es verdad que se trata de un filósofo absolutamente mediatizado por el cristianismo). Identificamos entonces el librepensamiento con un escepticismo que abre las posibilidades a un conocimiento más sólido. Para hacerse una idea de lo que supone el librepensamiento a partir de la Ilustración, nada mejor que la máxima de Kant aparecida en su texto ¿Qué es la Ilustración?: "Atrévete a saber". Ese "atrévete" supone dejar a un lado la tradición y la autoridad, teniendo la valentía de entrar en el mundo de conocimiento por uno mismo. Por lo tanto, la Ilustración puede definirse como la etapa en que la humanidad empieza a salir de su minoría de edad tutelada y lo hace por sí misma.

Sin embargo, hay que situar cada cosa en su momento histórico. Hoy, es fácil aceptar y aplaudir a las personas que pusieron en cuestión, por ejemplo, las supersticiones medievales; si miramos con esa misma severidad crítica nuestra propia actitud, nos daremos cuenta que tantas veces aceptamos con poca o ninguna crítica un montón de discursos establecidos (incluso, alguna amparada en lo que etiquetan como científico). En la actualidad, un librepensador solo puede ser aquel que pone en cuestión cualquier discurso, guiado solo por unos parámetros escépticos, críticos y tratando de establecer una base sólida para acceder al conocimiento. Queremos insistir en esa actitud crítica y librepensadora hacia lo establecido, pero también aplicar eso mismo hacia todo discurso, considerado alternativo, pero igual de cuestionable; por poner un ejemplo sencillo, tan denunciable es la tradición monoteísta como las paparruchas propias de la New Age (que, tantas veces, critica lo reaccionario del cristianismo y presume de no sé muy bien qué modernidad). El librepensador debe ser, a nuestro modo de ver las cosas, constantemente irreverente; un respeto excesivo, y estoy hablando obviamente solo a las ideas y a los discursos (no a las personas), ya denota una falta notable de libertad de pensamiento. Por otra parte, y aquí puede que entremos en un terreno más delicado, es muy posible que el librepensamiento también está relacionado con una actitud militante; es decir, creer que uno piensa para algo, y no solo de un modo meramente contemplativo. A pesar de que el librepensamiento es forzosamente progresista (con todo lo que puede tener esa condición de relativa, dado el progreso tecnológico que se nos impone, pero aludiendo a mejora y a avance en todos los ámbitos humanos), tal vez su condición más aceptable sea una mezcla, tanto de optimismo, para pensar que vamos a llegar a alguna parte, como de cierto pesimismo, con el objeto de no caer en una actitud de que todo es posible (una suerte de omnipotencia que acabe en frustración). Para que se entienda lo que queremos decir, nada mejor que considerar a aquellas personas conservadoras, es decir, que aceptan la realidad tal y como se la ponen ante sus ojos, como totalmente ajenas al librepensamiento. Aparentemente, los que consideran que el mundo es francamente mejorable y no adoptan una actitud superficialmente benévola ante lo que les rodea (actitud, por otra parte, bastante humana, pero no pocas veces muy papanatas), suele acusárseles de ingenuamente optimistas; en realidad, no hay nada más triste y pesimista que aceptar el mundo tal y como es (y las evidencias dicen que es muy mejorable, que el pensamiento, y consecuentemente los paradigmas de actuación, deben avanzar).

El librepensamiento fue en origen una ruptura con el esquema de pensamiento de tradición religiosa; por eso, hoy se sigue identificando habitualmente al librepensador con una persona no creyente. En la actualidad, es necesario también romper con otros paradigmas de pensamiento establecidos; no es posible considerar solo un librepensador al que se muestre crítico con las teorías religiosas o, en nombre de cierto cientifismo, con todo lo sobrenatural. Incluso, denota una notable falta de librepensamiento la aceptación de ciertos discursos solo porque se denominen científicos, sin tratar de comprender los numerosos factores e intereses que influyen a la hora de establecer y de aceptar un discurso. Incluso, si en su momento el librepensador solía poseer una confianza enorme en el progreso, hoy también tenemos que ser críticos con la perversión a la que se ha sometido dicho término; una actitud encomiablemente librepensadora hoy en día es liberarse también de ese progreso artificial, impuesto también por lo establecido, y apelar a propuestas auténticamente propias. No hablamos necesariamente de una condición posmoderna, por mucho que haya criticado cierta concepción del progreso y considere cuestionables según qué discursos científicos; aunque tengamos en cuenta el fracaso de la modernidad en demasiados aspectos, hay que considerar el proyecto moderno emancipador como pendiente y muy reivindicable. El librepensamiento, permanentemente renovado, parece esencial para llevar a cabo ese proyecto, siendo críticos con esa objetivación técnico-científica propia de la modernidad y tantas veces asociada al poder establecido (los posmodernos suelen asociar la modernidad con el autoritarismo o absolutismo); no es posible la independencia del pensamiento sin una consciencia de la propia individualidad, liberándose del lastre de todo lo establecido por una época concreta, así como por toda la tradición correspondiente. Nos quedamos con una actitud librepensadora iniciada en un escepticismo crítico, caracterizada por la irreverencia hacia lo establecido, o con cualquier discurso con la aspiración de imponerse, y con un compromiso permanente con la mejora de la realidad.

martes, 11 de marzo de 2014

Dogmatismo versus escepticismo y pensamiento crítico

Volvemos a incidir en una de las obsesiones de este blog, la tendencia del ser humano a pensar de forma absoluta, a generar todo tipo de dogmas en beneficio de todo tipo de autoritarismo; frente a ello, el esceptismo y el pensamiento crítico, así como la posterior indagación en busca de un mejor horizonte.

Pocas dudas presenta, coloquialmente, el término "dogmatismo". Su connotación peyorativa, sin embargo, tiene un origen más religioso que filosófico. El dogma en religión, como es sabido, tiene que ver con verdades reveladas por una divinidad y propuestas por la Iglesia de turno. La religión, particularmente la cristiana, al estar insertada en la historia de la civilización occidental, copió todo lo que pudo de los sistema filosóficos anteriores llevando a su terreno la cuestión dogmática. Para ser justos, el sentido en que se usa en filosofía el término "dogmatismo" es diferente de su uso religioso. En el origen de la filosofía, el vocablo "dogma" venía a significar "opinión". Y una opinión en filosofía tenía que ser algo referido a los principios, por lo que el significado de "dogmático" era "relativo a una doctrina" o "fundado en principios". Sin embargo, los filósofos que insistían demasiado en los principios terminaban por no prestar demasiado atención a los hechos y a los argumentos (sobre todo, si éstos ponían en duda tales principios); dichos filósofos no se dedicaban a la observación o al examen, sino a la afirmación, por lo que se llamaron "filósofos dogmáticos" a diferencia de los llamados "filósofos examinadores" o "escépticos". No obstante, el sentido que se ha dado en la historia a los términos "dogma", "dogmático" y "dogmatismo" es, tal vez, más complejo.

Kant negó la posibilidad de una "metafísica dogmática" y propuso en su lugar una "crítica de la razón"; en este filósofo puede encontrarse quizá el origen del sentido peyorativo de todo lo que atañe a "dogmático". Puede decirse, según Kant, que el dogmatismo se opone al criticismo más bien que al escepticismo. El criticismo puede entender en sentido amplio como una tendencia que matiza todos los aspectos de la vida, una actitud según la cual no es posible ni deseable conocer el mundo o actuar en él sin una previa crítica o un previo examen. El criticismo aspiró a iluminar totalmente las raíces de la existencia humana y a basar el existir en esa misma iluminación. El mismo Kant dijo que "la indiferencia, la duda y, por último, una severa crítica son más bien muestras de un pensamiento profundo". No obstante, el propio Kant afirmaría que "la crítica no se opone al procedimiento dogmático de la razón en su conocimiento puro como ciencia (ya que tiene que ser siempre dogmática, es decir, tiene que ser rigurosamente demostrativa, por medio de principios fijos a priori), sino al dogmatismo, esto es, a la pretensión de avanzar con un conocimiento puro formado de conceptos". Así, "dogmatismo" puede entenderse como el procedimiento dogmático de la razón pura sin una previa crítica de su propio poder. En el terreno gnoseológico (de la teoría del conocimiento), el dogmatismo se entiende principalmente en tres sentidos: como la posición propia del realismo ingenuo, que admite la posibilidad de conocer las cosas en su ser verdadero y también la efectividad de dicho conocimiento en el trato diario y directo con las cosas; como la confianza absoluta en un órgano de conocimiento, principalmente la razón; por último, como la completa sumisión sin examen personal a unos principios o a la autoridad que los impone o revela.

En filosofía, se entiende el dogmatismo como una actitud adoptada en el problema de la posibilidad de conocimiento, por lo que comprendería las dos primeras acepciones. El dogmatismo absoluto del realismo ingenuo no debería existir en filosofía, al comenzar siempre por la pregunta acerca del ser verdadero y, por lo tanto, busca este ser mediante un examen crítico de la apariencia. Así se produjo en los antiguos pensadores griegos y también en el dogmatismo racionalista del siglo XVIII, que llevó a una gran confianza en la razón, pero después de haberla sometido a examen. Algo antipática se hace de entrada la visión de Comte, el cual considera, más allá de la posibilidad de conocimiento, el estado dogmático como una forma última de la vida humana, al igual que el estado escéptico. Afirma Comte que "el dogmatismo es el estado normal de la inteligencia humana" y "el escepticismo no es sino un estado de crisis, resultado inevitable del interregno intelectual que sobreviene necesariamente todas las veces que el ser humano está llamado a cambiar de doctrinas", lo necesario "para permitir la transición de un dogmatismo a otro". Según esta visión, el hombre necesita vivir confiado o, según dirá Ortega posteriormente, "en una creencia radical"; solo una fracción de la naturaleza estaría dedicada a la contemplación. No parece que en el siglo XXI haya más respuestas sobre la naturaleza humana que en los siglos previos, más bien al contrario. Y uno de los grandes males de la humanidad sigue siendo, en nuestra opinión, el llamado dogmatismo en sus diferentes vertientes; algo que empuja a los seres humanos a todo tipo de autoritarismo. El criticismo y el escepticismo, sin traicionar sus respectivos orígenes y sin derivar en otra suerte de dogmatismo, siguen siendo muy necesarios y muy dignos de ser continuamente renovados.


sábado, 8 de marzo de 2014

Construyendo mitos: el cristianismo

Gonzalo Puente Ojea califica la historia de Jesús de "impresionante ficción legendaria", sustentada en el Evangelio atribuido a Marcos. Es lo que podemos describir como una substitución del Jesús histórico por el Cristo de la fe, algo que constituye una fractura insalvable y cuyas consecuencias llegan, desgraciadamente, a la sociedad de hoy. La apologética evangélica nos ha legado volúmenes de simplificación y tergiversación, por lo que hay que atender a los textos con sentido histórico y contextualizar en las realidades ideológicas, económicas, sociales y políticas de aquellos días para tratar de restaurar un Jesús acercado a la realidad.

Aunque es un poco triste señalar esto a estas alturas, todos nos hemos encontrado con personas supuestamente ilustradas que, de una manera u otra, aceptan los libros de La Biblia como fuentes historiográficas. Puede decirse que el Evangelio de Marcos es una obra que constituye un género literario original; aunque se refiera a determinados hechos, es obvio que debe clasificarse como un documento kerygmático (del griego kerygma, anuncio o proclamación), es decir, un instrumento para la predicación. Precisamente, a pesar de la también presente intención historiográfica de los Evangelios, los exégetas creyentes aluden a esa vertiente kerygmática para tratar de justificar las numerosas contradicciones e incompatibilidades entre los diferentes textos. Por lo tanto, el  Evangelio puede calificarse como un género literario de carácter histórico-teológico, cuyo propósito es certificar la autenticidad histórica y doctrinal de la figura de Jesús de Nazaret. Por supuesto, para realizar esa labor se subordina y adapta el soporte historiográfico a un molde dogmático, por lo que se pretende dar a conocer de una manera interesada. Estamos hablando de un texto que quiere inculcar una tesis teológica, la cual se profesa como una "verdad revelada", que tendría dos vertientes bien diferenciadas: proclamar a Jesús como heraldo del Reino de Dios y la de la Iglesia como proclamante del Cristo resucitado.

El relato presente en el Evangelio de Marcos no se desarrolla cronológicamente, sino de manera teológica, partiendo de la idea de la muerte de Jesús como propiciatoria del Reino y como confirmación de su figura mesiánica y como Hijo de Dios. Por lo tanto, no hablamos de una biografía histórica, sino de una construcción kerygmática desde la fe en la Resurrección (un hecho claramente inverificable, incluso dentro de esta tradición). Puente Ojea señala una contradicción entre esa consideración en el Evangelio de la figura de Jesús como mesiánica y la posterior justificación de su crucifixión como parte de un misterioso plan divino. Es lo que hay que calificar como la ambigüedad constitutiva del cristianismo como híbrido ideológico, se apropia de la esperanza tradicional de Israel, para dar cerrojazo e instaurar una economía de la salvación (una nueva alianza en la que la Iglesia se integra con vocación hegemónica de poder en el orden de dominación existente). Se trata de conciliar dos kerygmas contradictorios, el del Mesías Jesús y el de la Iglesia, por lo que basta con afirmar algo y, a la vez, lo contrario. Es una ambigüedad connatural al cristianismo, lo que le ha capacitado para adaptarse a todas las coyunturas históricas y explotarlas todo lo posible en beneficio de su dominación.

Michael Martin, en su concienzuda obra Alegato contra el cristianismo, dedicado un capítulo a la historicidad de Jesús; distingue en primer lugar entre un cristianismo ortodoxo, que admite obligatoriamos varias hipótesis sobre la existencia de Jesús al creer en su divinidad, y un cristianismo liberal, que niega la condición divina del profeta, pero que se muestra sorprendentemente acrítico con las contradicciones históricas y con las (muy) débiles fuentes al respecto. La historicidad de Jesús está fuertemente implantada en nuestra civilización, de tal manera que creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, la dan prácticamente por sentada. Incluso, feroces críticos con el cristianismo, de gran prestigio, como Bertrand Russell o Nietzsche, parecían aceptar la existencia histórica de Jesús al valorar algunas de sus enseñanzas morales. Es muy legítimo preguntarse si un personaje es histórico o resulta un mito, y es lo que hacen, afortunadamente, algunos autores como Martin o Puente Ojea. Otro de los autores contemporáneos, tal vez el más respetado, que ha cuestionado la historicidad de Jesús es G.A. Wells; su opinión escéptica se basa, en gran medida, en las opiniones de teólogos y expertos en la Biblia, ya que se admite sutilmente la condición legendaria de las historias evangélicas y la muy parcial intención religiosa de sus autores. Así, la condición como fuente histórica de los evangelios son más que dudosas al estar plagados de situaciones contradictorias y de hechos sumamente improbables, si sus autores son obviamente tendenciosos (que, además, escribieron mucho después de la supuesta vida de Jesús) y si la reivindicación existente en ellos no está confirmada por otros autores más independientes. Además, otras fuentes históricas, de carácter bastante débil como es el caso de Flavio Josefo, son más que sospechosas de haber sufrido la manipulación posterior de autores cristianos; todo esto obliga a mostrarse muy escéptico sobre la historicidad de Jesús.

La mayoría de los creyentes ignora, o quiere ignorar, el gran salto que hay entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, y es probablemente esa ignorancia la que ha salvado de momento a la Iglesia del colapso. Lo que atañe a la clase mediadora, al clero, es un misterio el grado de honestidad y/o de ignorancia que se encuentra detrás de sus creencias. Lo que es obvio es que la crítica racional queda a un lado en la religión revelada, por lo que su institucionalización y la generación de una clase mediadora solo conlleva intolerancia y fanatismo. Estamos hablando de la raíz misma del cristianismo, que se caracterizó por la hibridación y la ambigüedad ideológica, lo que explica su eficacia como institución de poder. Puente Ojea describe muy bien a la Iglesia como instancia hegemónica totalitaria sin, además, ninguna legitimación histórica. Es curioso que los sacerdotes y creyentes realicen una continua apelación a la tolerancia, cuando es su propia Iglesia la que es un obstáculo para una sociedad plural. Ha sido, y es, este poder eclesiástico una forma de estabilización social mediante la legitimación de la clases dominantes y también como red de instituciones que ha mantenido una doble relación con esas clases: de confirmación divina de todo tipo de dominación terrenal por parte de los poderes hegemónicos (la Iglesia es uno de ellos), y de control externo e interno de las formas de esos mismo poderes para lograr el consenso colectivo y la legitimación histórica e ideológica. Es esa paradójica doble relación estabilizadora la que ha mantenido la ilusión de que el cristianismo pueda representar una posibilidad de emancipación para explotados y oprimidos. Sin embargo, una elemental información histórica nos hace comprobar que ha ocurrido exactamente lo contrario, coherentemente con el desarrollo del poder eclesiástico y con las bases doctrinales.

La función de la Iglesia parece haber sido mantener la manipulación y la dominación, aunque paralelamente difunda de forma retórica un incongruente deseo de reforma social. Los rasgos benéficos y paternales que se aducen habitualmente para justificar la institución eclesiástica no suponen ningún cambio real, solo aseguran la buena conciencia de sus miembros y siguen perpetuando esa ilusión de una posible reforma social que le otorgue un mínimo crédito. A pesar de que los tiempos han cambiado mucho desde que se realizó el primer análisis de este tipo, la religión sigue funcionando como un perfecto instrumento de control social, por lo que la clase dirigente (creyente o no) continúa utilizándolo. Conviene recordar la clásica frase "la religión es el opio del pueblo", entendida como consuelo ante los infortunios de la existencia, y también la de Lacan, "la religión es el alivio a costa del juicio". Existirán ciertos mecanismos sicológicos que conducen al individuo a la fabulación, pero lo que resulta intolerable es que instituciones de poder sigan negociando con esas debilidades inherentes a la existencia humana manteniendo toda una red con múltiples formas de coerción individual y colectiva sobre las conciencias y las conductas.

Nos hemos ocupado en el texto de hoy, sobre todo, de la historicidad de Jesús y de su salto a lo que la religión conoce como Cristo. Nos parece más que lógica una posición escéptica sobre ello, de tal manera que se rechace incluso una concepción liberal del cristianismo que lo considere un gran profeta; lo que sí parece incuestionable es la existencia de una fractura insalvable entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. No obstante, como las autores mencionados no han logrado una aceptación amplia, para futuros textos repasaremos lo pernicioso o no del cristianismo sin cuestionar necesariamente la existencia histórica de Jesús; como nuestra civilización está impregnada de los dogmas judeocristianos, nos vemos obligados a ello si creemos en el librepensamiento y en el progreso.


martes, 4 de marzo de 2014

Creyentes, ateos, agnósticos…

Cuando proclamamos nuestro ateísmo, y a pesar de los muchos avances que se han producido en los últimos tiempos para expresarse libremente y que los demás comprendan nuestra postura, todavía se producen no pocos problemas. En primer lugar, y vamos a referirnos a conversaciones de lo más coloquiales, el ateísmo del que hacemos gala no es una mera ausencia de fe; sin preconizar lo que en algunos medios se ha llamado ateísmo fuerte (es decir, la negación tajante de que algo llamado Dios exista, juego donde no entramos por motivos que esperamos queden claros), sí consideramos que nuestra negación es fuertemente combativa (es decir, consideramos que la negación o aceptación de ese ser supremo condiciona la conciencia personal y social de los seres humanos).

Nuestras creencias (de todo tipo, ya que el ateísmo también puede conllevarlas), no dejaremos de repetirlo, están fuertemente influenciadas por circunstancias y ambientes de todo tipo, además de por determinadas condiciones terrenales de la existencia; el viejo Marx seguro que tenía razón, la fe religiosa es en muchos casos un alivio ante una vida demasiado penosa. Más adelante volveremos sobre esto, no nos alejemos ahora de una lectura más superficial de las creencias (o descreencias). Decíamos que cuando proclamamos nuestro ateísmo, en un ambiente de andar por casa o de barra de bar,  el asunto se queda en cierto nivel sin demasiada hondura; si nuestro contertulio es creyente de la rama fuerte (teísta, es decir, un verdadero creyente con todas sus consecuencias), muy probablemente relacionará nuestra condición con algo negativo, nos mirará con displicencia (no deberíamos ofendernos demasiado, ya que nuestro punto de vista conlleva a veces también cierta superioridad, al menos intelectual); si nos enfrentamos, en cambio, a una suerte de deísta (es decir, alguien que piensa que alguna voluntad suprema debe haber, sin saber muy bien por qué, aunque no intervenga en los asuntos humanos), puede que nos vea como alguien más bien cerrado en nuestra (supuestamente) limitada negación; si tenemos ante nosotros a un agnóstico, alguien que a priori es un primo hermano de nosotros, los ateos, es muy posible que su actitud sea muy similar a la del creyente del "algo tiene que haber" (es decir, que nos vea como alguien categórico, cerrado, etc, etc.). Dejamos a un lado a los llamados panteístas, ya que los consideramos simplemente la antesala histórica del ateísmo (aunque, los muy obtusos, no lo reconozcan); también, somos conscientes de que todas estas categorías están impregnadas de un fuerte occidentalismo; si hablamos de otras culturas, seguro que no tardamos en encontrar ciertos paralelismo.

Bien, seguro que hemos simplificado en exceso, ya que hay muchas posturas intermedias entre los cuatro tipos mencionados (incluida la posición atea). Ante todo, insistiremos que esa simplificación la hacemos porque en determinados contextos resulta francamente difícil exponer nuestro ateísmo, tanto por dificultades internas (donde no negamos nuestra flagrante torpeza en muchas ocasiones, somos humanos, o casi, por lo que tenemos limitaciones para dar y tomar), como por causas externas (prejuicios de todo tipo por parte del que no piensa como nosotros, ofensas personales que causa la mera objeción de la creencia religiosa, limitaciones de tiempo relacionadas con las causas anteriores…). Recordaremos también el asunto de la "tolerancia", tan proclamada a los cuatro vientos y, a nuestro modo de ver, tan incomprendida; esta tolerancia no implica la negación de la libertad de expresión ni de crítica (ilimitada, desde nuestro punto de vista) directamente relacionada con la libertad de conciencia de cada uno para creer (o no creer) lo que le venga en gana. Dicho esto, pensamos profundamente que las personas merecen el mayor de los respetos, por lo que hay que eliminar los mecanismos coercitivos de todo tipo (también, los de las instituciones eclesiásticas, bien poco democráticas), pero no así sus ideas al ser necesariamente expuestas siempre a una crítica racional y al consenso público si afecta a los social (y estoy hay que recordarlo, las religiones suele tener un fuerte componente social); existe la peculiar paradoja de que aquellos que exigen respeto para sus creencias no tardan en asentar dogmatismos, profesar un intolerable autoritarismo y en señalar herejías (nosotros los ateos, pues sí, somos herejes, es decir, antidogmáticos, es decir, creemos en el progreso; de cerrados, nada, de autoritarios, menos). Pero, no nos vengamos arriba todavía.

El teísta, como ya hemos dicho, es el verdadero creyente: no solo cree en un Ser Creador, personal, todopoderoso y totalmente benévolo (y, ojo, no sé si en un viejecito con barba en el paraíso celestial; ya que la intelligensia eclesiástica suele decir ahora que qué ridiculez es esa), sino que piensa que interviene alegremente en los asuntos humanos; parafraseando a Christopher Hitchens, en el momento que se acepta tal cosa, las personas nos convertimos en pobres víctimas de un juego cruel. El deísmo no deja de ser otro pasito histórico, aunque con fuerte influencia en la conciencia de los seres humanos a día de hoy (el "algo debe haber"; posición absurda, ya que por supuesto que todos pensamos que sí, pero no tiene que ser un ser producto de la imaginación ni nada sobrenatural); estamos seguro que muchos autores prestigiosos, autoproclamados deístas en tiempos demasiado restringidos, eran en realidad ateos. Nos gustaría poner el foco en los agnósticos, ya que puede parecer de entrada la posición más lógica. Hay que decir que, efectivamente, a nivel científico y cognitivo, todos los ateos deberíamos ser agnósticos; es decir, el concepto de Dios no es algo sobre lo que la ciencia pueda decir nada, no es una hipótesis falsable. Sin embargo, esa misma postura deberíamos adoptar sobre cualquier creencia religiosa; desde el punto de vista occidental, las hay verdaderamente ridículas a día de hoy (hay que recordar que para el profano, la creencia religiosa ajena suele ser absurda). Para el ateo, habitualmente racional si entra dentro de la categoría combativa antes mencionada, todas las creencias religiosas resulta absurdas y plagadas de muchos elementos abiertamente irrisorios (resulta intolerable que se nos quiera enjuiciar, en la sociedad de hoy, por señalar lo evidente; no vamos a poner ejemplos, de momento). Por lo tanto, el agnóstico es muy probable que se muestre orgulloso de serlo ante la idea del Dios personal; no sé si lo estará tanto si le recordamos que debe serlo ante cualquier otra deidad (póngase aquí cualquier nombre proveniente de culturas que se consideran primitivas; otro motivo más para ser ateo es no considerar la superioridad de la cultura judeo-cristiana, algo que impregna todavía nuestra educación). La tolerancia entre religiones, aunque proclamada en ocasiones por necesidades de guión, no deja de ser un despropósito; todas consideran verdaderos su dogmas. El verdadero debate debe ser si es necesaria la religión, si resulta perniciosa o no y por qué persisten las creencias al respecto.

Antes mencioné de pasada a Marx, mencionado en algunos de sus pasajes incluso por autores religiosos, ya que alude a esas creencias como "el alivio de los afligidos"; muy probablemente haya algo de verdad en esto, pero eso no convierte en verdaderas las creencias religiosas y, más importante, debería obligarnos a combatir con todos nuestros medios las aflicciones terrenales (no a recrearnos en ellas ni a buscar propósitos de una voluntad suprema en la, a veces, cruel existencia). Dejaremos para otro momento, un debate que toque este asunto junto a la vinculación de la creencia religiosa y del ateísmo a otros campos, como es el moral.

sábado, 1 de marzo de 2014

¿dios?

Esta obra, de Antonio Aramayona, invita a preguntarse sobre la cuestión de dios, o de los dioses, tal y como indica su título. De hecho, de entrada tenemos ya una pista de cómo se aborda el tema, cuando se escribe la palabra "dios" con minúscula inicial y se recuerda que se trata de un nombre común y no propio. Las exageraciones y abusos de algunos autores, a la hora de inculcar a la gente común una serie de afirmaciones religiosas, son objeto de severa crítica.

En esa línea, se recuerda que los tratados religiosos y teológicos, a lo largo de la historia, fueron escritos para ser entendidos solo por una minoría; el resto debía simplemente creérselos y tener fe, debiendo presuponer el misterio. Así, se ponen al descubierto los sinsentidos de la tradición religiosa y la manipulación de los profesionales de la religión. Los siete capítulos que componen el libro son breves, concisos y autónomos, independientes de los demás, aunque resulte lógico que haya algunas referencias entre ellos. Aramoyana utiliza además un lenguaje sencillo y accesible, puede decirse que especialmente dirigido a mentes adolescentes, aunque es disfrutable por todo tipo de público; se nota que se el autor es profesor de filosofía y ética en institutos de secundaria.

El auténtico quid de la cuestión es si el término "dios", entendido fundamentalmente como ser personal y creador de todo lo conocido, posee algún tipo de realidad verificable siendo la respuesta negativa de forma evidente. Hay que recordar algo tan sencillo que los fieles de las distintas tradiciones religiosas creen, de alguna u otro manera, que su deidad es la verdadera y que pertenecen a algún tipo de grupo o pueblo elegido; solo hay que observar esta peculiaridad de todas las religiones, esforzándose en proclamar su autenticidad, para comprender que todas son falsas. Otro absurdo es que la fe religiosa se blinda ante la sociedad con algo tan peculiar como comunicarse con seres sobrenaturales; si hacemos la prueba con algún otro tipo de entes, como puede ser alguna raza extraterrestre, con seguridad nos tomarán por dementes. Detrás de la fe religiosa se encuentra también algún tipo de soberbia, que lleva a los seres humanos a creernos el ombligo del universo olvidando que somos en realidad una especie muy joven en un planeta casi insignificante. La inmensidad del universo conduce a muchas personas a respuestas absurdas y metafísicas, así como a la necesidad de que exista un propósito en todo ello. Ni siquiera en el planeta tierra, la especie humana debería considerarse algo especial ni dar por hecho que la naturaleza es de nuestra exclusiva propiedad; el reino animal y vegetal existe mucho antes que nosotros, es un producto derivado de una evolución global en la que no existe jerarquía alguna.

Cada persona, con grandes excepciones que abren camino al librepensamiento y al progreso, suele vivir de acuerdo con las pautas de comportamiento y los esquemas mentales presentes en la sociedad y en la cultura donde nace y se desarrolla; de esa manera, se tiende a entender y examinar al resto del mundo según esos mismos parámetros, únicamente desde nuestra propia mirada. Ocurre a nivel individual y también social y cultural, se tiende a pensar que lo propio es mejor que lo de los demás; la religión hay que incluirla dentro de esa tendencia, la propia es la verdadera y el resto vienen a ser supersticiones y falsedades. Nada mejor que el conocimiento  y la experiencia sobre el mundo, sobre las diversas culturas, para curar ese complejo religioso de creernos el ombligo del universo. La historia de las religiones lleva a considerar la religión como un elemento sociocultural más, a la conclusión de que el ser humano creó a los dioses "a su imagen y semejanza". Todos los pueblos y culturas convierten a sus deidades en parecidos a sí mismos, con sus mismas peculiaridades étnicas; no es una conclusión moderna, ya Jenófanes de Colofón en el siglo VI antes de nuestra era analizó las religiones como un fenómeno social y cultural propio de cada pueblo. Los creyentes, sea cual sea la cultura en la que se encuentren, suelen tratar con suma familiaridad y obviedad la cuestión divina sin caer en que los rasgos de su deidad son demasiado humanos.

Aramayana señala en su obra algo, que también acabó siendo lógico y evidente, sobre lo que suelen ser las opiniones políticas de los creyentes. Al menos en la creencia monoteísta, Dios suele ser un gran monarca con dignidad suprema y poder absoluto; en la tradición politeísta existían tantos dioses, con mejor o peor suerte, como ámbitos humanos, por lo que cierta pluralidad estaba asegurada. En Occidente, durante demasiado tiempo, los monarcas no fueron cuestionados seguramente como reflejo de la tradición monoteísta; cuestionar el poder monárquico era tanto como hacerlo con el propio poder divino. No hay que andar demasiado para vincular la creencia religiosa con el conservadurismo y la reacción, con el respeto a la tradición y a la autoridad, siendo por lo común los creyentes reacios a aceptar el progreso también en el terreno político. Otro ámbito importante abordado por los librepensadores es la cuestión de la moral definitivamente desprendida del fundamento religioso. La tradición judeocristiana es tan infantil al respecto, que considera al ser humano (algo más a la mujer) como la raíz de todos los males; en origen, la situación paradisíaca que la divinidad dispuso se fue al traste debido al pecado original de desobediencia. En otras tradiciones orientales, el mal parece ser consustancial al mundo y casi inevitable, solo superable si se comprende la apariencia fugaz de la existencia y se acaba penetrando en no se sabe muy bien qué sentido más profundo del universo.

Sea como fuere, la deidad de turno suele ser descargada de responsabilidad sobre la presencia del mal en el mundo y el ser humano acaba siendo el culpable; es verdaderamente asombroso que tantos creyentes acepten ese triste papel sin el menor asomo de crítica, algo que acaba impregnando toda la actividad sociocultural e imposibilitando el avance en los diversos campos humanos. El dualismo religioso que se encuentra detrás de esta cuestión, la degradación material enfrentada al paraíso celestial ideal, aparece como sumamente perniciosa al invitar a las personas a considerar el mal en el mundo inevitable y a aceptar las penurias con resignación solo como un tránsito hacia una realidad superior. Afortunadamente, el conocimiento conduce a explicar gran parte de lo que se han llamado "males" en la existencia humana, viéndolos incluso como tríbulos de la vida perfectibles y sin considerarlos como un castigo o una prueba. Por supuesto, otra cuestión son las injusticias y crímenes de los sistemas políticos y económicos fundados por el ser humanos con tremendos abusos de los poderosos sobre los débiles; en ello, como en cualquier otro ámbito sociocultural, las instituciones religiosas también han tenido y siguen teniendo mucho que ver, aunque no son las únicas culpables.